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jueves, 14 de febrero de 2013
miércoles, 13 de febrero de 2013
domingo, 10 de febrero de 2013
Más triste imposible.
Llega un paciente para una operación de páncreas. Contra todo pronóstico, el cirujano es un encanto de persona y el anestesista un gilipollas.
Necesitan cogerle dos vías al paciente, una arterial y otra venosa. Usan el brazo izquierdo. Me coloco junto al anestesista para ver lo que hace y observo, al igual que él, varias cicatrices: una a lo largo del antebrazo por la cara interna, y otras en ls muñeca, transversales. Es obvio de qué son. El anestesista medio sonríe. El paciente sigue despierto, con la mascarilla puesta, empezando a adormilarse. Es un hombre muy delgado. El anestesista le pregunta a una de las enfermeras:
- ¿Este hombre es diestro, verdad?
+ No lo sé, ¿por qué?
- Luego te lo digo. Y se ríe.
Yo ya sé por qué lo pregunta. Me dan náuseas y me asquea el gilipollas que tengo al lado.
El paciente se duerme y el anestesista le dice a la enfermera:
- ¿Has visto las cicatrices que tiene este tío?
+ No, ¿qué pasa?
- Este tío se ha intentado suicidar.
Pone cara de asco, con una media sonrisa. Insinúa algo parecido a "qué asco de gente".
Respondo:
- Todos pasamos por malas etapas en la vida, unos lo llevan de una forma, otros de otra.
Me ignora.
El paciente está dormido y el anestesista lo llama "hijoputa" porque le cuesta canalizar la arteria. Este hombre es despreciable y a mí me ha jodido el día.
Cuando lo abren se ve un hígado cirrótico. El páncreas también está mal. Es alcohólico. Dicen que la operación tiene un único fin paliativo, es decir, servirá exclusivamente para quitar dolor, no para curar.
¿Alguien me puede explicar cómo puede existir persona con un mínimo de empatía y de corazón que se ría de una persona que no ha podido manejar su situación y que está a todas luces hundida? ¿Cómo coño se atreve a juzgar nadie a alguien que ni si quiera conoce? ¿Qué sabe de él? Estamos hablando de un profesional de la salud ¿Se cree que eso se basa sólamente en saber pinchar un vaso sanguíneo y en saber suministrar fármacos? Aquí lo que ocurre es que eso de "intento de suicidio" es un tabú condenado, de la misma forma que antaño marcaban a los leprosos, los despreciaban y se alejaban de ellos por pura ignorancia. Y por miedo, por supuesto.
Despreciable, asqueroso.
Inhumano.
Y al listo que se crea superior a esas personas, que ni si quiera intente comprender los porqués, que las desprecie y les ponga una insignia de por vida, ese tío/a tiene mucho que aprender.
lunes, 4 de febrero de 2013
Quirófano.
Entrar en un quirófano por primera vez como profesional es raro. No creo que se me olvide. Entré una vez siendo paciente y apenas reparé en nada. Cuando eres alumna, lo miras todo.
Ese primer día te sientes inútil y nerviosa. No quieres ser un estorbo y no sabes bien dónde ponerte. Haces cuanto puedes pero sin agobiar. Intentas buscar el punto medio, el equilibrio entre mirar por aprender y no hacer nada por vagancia.
No olvidaré a mi primera paciente. Obvio. Su cara. Incluso su cuerpo. Curiosamente no recuerdo el nombre. No me olvidaré de que tenía miedo y de que sentía inseguridad. Ni de lo bien que la trataba una de las enfermeras que me está enseñando.
Jamás olvidaré la primera vez que vi intubar a alguien. A esa paciente. Después de dormirla con la mascarilla y con los fármacos anestésicos, el cuerpo se para y deja de respirar por sí solo. Mientras preparan la intubación y, en caso de que se tarde demasiado, se la ventila manualmente. La anestesista me dejó hacerlo a mí. Me explicó cómo colocar bien la mascarilla para que no se escapara oxígeno por la barbilla, y cómo apretar el globo rítmicamente para insuflarle el aire. Me enseñó a cerciorarme de que el aire pasa a pulmones y a no a estómago por cómo el tórax -y no el abdomen- se expande.
Me maravillé. Del todo. Esa persona estaba completamente vulnerable, expuesta. Dependiente. De mí. Respirando gracias a mis manos. Gracias a ese cadencioso y tranquilo movimiento de mi mano derecha y la fuerza de mi mano izquierda. Respiré por ella. No consigo verlo de otro modo.
Después de eso la intubaron, nos enseñaron cómo ir directos a la tráquea, y ultimaron los preparativos de la operación: pintar, campo quirúrgico sobre el paciente, batas estériles, etc.
Me entró calor, mucho calor. Me emocioné. Os parecerá peliculero, pero me entraron ganas de llorar. Porque estaba ahí y quería más. Y me mareé. Noté esa sensación que ya conozco de que voy a desmayarme. Lo dije, y salí al pasillo. Me reí internamente. "Ni si quiera han empezado a cortar y ya me estoy mareando". Los celadores y limpiadores del pasillo bromearon conmigo, y se me pasó pronto. Volví a entrar. Desde entonces, no me ha vuelto a pasar. Y he visto mucho. MUCHO. Hígados, intestinos, glándulas mamarias, vesículas, ovarios. Personas despojadas en apariencia de lo que son. Dormidas. Despojadas de su identidad durante el tiempo que dura la operación por aquellos que introducen las manos en su cuerpo. Por mí. Por el resto de profesionales. Pensadas en esos instantes, seguramente, por otras que esperan. Es flipante. Sencillamente flipante.
Ese primer día me sentí feliz de formar parte de aquello. Me sentí privilegiada de ver en directo cómo abren a una persona. Es todo tan brusco. Es increíble todo lo que aguanta la piel, todo lo que aguanta el cuerpo. Lo fuerte y frágil que es al mismo tiempo.
No siempre se ve la cara del paciente. Desde donde se opera no se ve porque está tapada por un paño que mantiene el campo estéril pero, si das la vuelta, y dependiendo de la vigilancia que tenga que mantener el anestesista, se puede ver su cara o no. Cuando se podía, de vez en cuando me acercaba y miraba. Pensaba en esa persona dormida, con los ojos cerrados y sujetos con esparadrapo. Expuesta. Sola. Y no es malo. Es, sencillamente, inevitable.
No siempre se ve la cara del paciente. Desde donde se opera no se ve porque está tapada por un paño que mantiene el campo estéril pero, si das la vuelta, y dependiendo de la vigilancia que tenga que mantener el anestesista, se puede ver su cara o no. Cuando se podía, de vez en cuando me acercaba y miraba. Pensaba en esa persona dormida, con los ojos cerrados y sujetos con esparadrapo. Expuesta. Sola. Y no es malo. Es, sencillamente, inevitable.
Tampoco olvidaré al primer paciente que vi salir de la anestesia (no fue la primera paciente, porque su operación terminó después de que finalizara mi turno). No llegué a verlo consciente. Lo llamaban y no contestaba. Tardó en reaccionar. Crispó el gesto de su cara en una mueca de dolor. No sé si realmente le dolía, o si simplemente su cuerpo notaba que algo iba mal y sufría por ello. Más tarde él no recordaría nada, pero yo sí vi que lloró sin abrir los ojos. Yo sí me acuerdo. La siguiente paciente que vi reaccionó mejor. Somos muy distintos.
Hay cosas que no me han gustado. Aunque suene a tópico y evitando generalizar, los cirujanos son unos santos con las manos, pero todo lo bueno que tienen operando lo pierden como personas. He conocido a tres distintos, y no sabría decir cuál de ellos ha sido más impertinente y maleducado. ¿Tal vez se debe esa característica a que han pasado toda su veintena sentados delante de un escritorio? ¿Complejo de dioses? No lo sé, pero los admiro y desprecio al mismo tiempo. Y eso que uno salvó la vida de mi madre. Uno que respeto profundamente, sin llegar a conocerlo. Espero conocer la semana que viene a alguno que me haga pensar de otra forma. La pura verdad es que al verlos siento envidia. Y después abren la boca y pienso que, si ser un imbécil y un estúpido es el precio que hay que pagar por tener el cuerpo de una persona en tus manos, prefiero ser florista.
El trabajo como enfermera es bonito y reconforta. No es nada despreciable ni poca cosa. Hay que saber hacer. El problema es que la praxis enfermera no se nota cuando lo haces bien, sino cuando lo haces mal. Un cirujano opera y, si sale bien, el paciente se cura. Se ve un resultado. La enfermera trabaja para que "todo siga igual de bien que siempre y nada empeore". Todo se da por sentado. Hasta que se comete un error. Es una lástima que tu trabajo sólo se perciba cuando se yerra. Salvo excepciones, como en todo.
Me contó mi enfermera que una vez tuvo que responderle a un médico que la llamó inútil y despreció su trabajo, y le dijo: "Tal vez no debería olvidar que sin mí, sin los auxiliares, los celadores, e incluso las limpiadoras, usted no podría estar ahí operando". Y se calló.
Y es cierto. El médico llega, opera, y se va. Me parece perfecto. Ha estudiado "como un cabrón" y no se espera menos de él. Ya es suficiente con la enorme responsabilidad que conlleva una operación. Y es el que tendrá que hablar con los familiares. Pero estaría bien que alguna vez se quedara y viera todo lo que ocurre después: cómo se despierta al paciente, cómo se traslada a su cama y sale por la puerta, cómo las enfermeras preparan la siguiente operación, cómo las limpiadoras limpian todo el quirófano en menos tiempo de lo que yo tardo en ordenar mi escritorio. Es como una danza sincronizada y perfectamente ensayada. Todos los días. Una y otra vez. Observar, de vez en cuando, no viene mal.
Otra cosa mala es que llego a mi casa con los pies y las piernas
doloridas de estar tanto tiempo de pie pero, de alguna forma, es un
"dolor" que reconforta. Tener que levantarme a las 6 y media tampoco es
que esté en mi lista de placeres.
Me quedan dos semanas de quirófano y ya me parecen pocas. No sé cómo sentirme.
Todo esto es fascinante. Y me da miedo que se convierta en rutinario y pierda su magia.
jueves, 17 de enero de 2013
A conducir.
Abrigo. Gorro. Bufanda. Las llaves de casa, las del garaje las del coche. Bajas al garaje y entras en el C3. Arrancas. Subes la rampa. Miras que no venga nadie y giras a la derecha, como siempre. Entras en la autovía sin pensar qué dirección tomar. Y conduces. Conduces. Conduces. Conduces y conduces. Oyes la radio. Piensas en todo o en nada, a saber. Y coges una salida sin mirar el nombre. Llegas a un pueblo. Aparcas. No tienes ni idea de dónde estás. Bajas del coche y sientes el frío de Enero. Ves un banco, el banco, y te sientas. Sin más. Y observas. Al hombre que acaba de pasar con um niño enganchado de la mano. ¿Quién será? Ves a la adolescente con mechas en el pelo. Va escuchando música ¿Quién será? Una pareja. Una señora con un carro de la compra. Dos motos. Un hombre que habla a voces. Un perro, y su dueño. Y ves pasar las horas. Hasta que vuelves a casa.
miércoles, 9 de enero de 2013
Consejo
Pocos consejos puedo dar, pero hay uno del que no dudo, uno que escribo con mayúsculas: LEED.
Leed. Aunque no os guste. Aunque os cueste. Aunque "no tengáis tiempo". Si no os gusta encontraréis alguna lectura que os gustará. Tardaréis, pero ahí estará. Leer es una búsqueda. Tantos y tantos libros que parecen no aportar nada, que dejas a la mitad porque no puedes aguantarlos, o que te dejan indiferentes. Te pulen. Te definen. Te matizan. Personalizas un filtro. Hay libros que he llegado a no soportar, y han sido los favoritos de otros. Hay libros que he devorado y otros no han aguantado. Leer es una búsqueda personal con la que te tienes que desinhibir. Un libro que te maravilla se convierte en algo tuyo.
Cuando leo mi mente "viaja". Se va. A veces se queda entre aquí y allí. Se distrae, se relaja, se aleja un poco. Lecturas cotidianas. Amenas. Pasajeras. Tal vez pase un año, unos meses, no sé cuánto. Pero un día te recomiendan un libro. O te llama la atención una sinopsis, o un título, o conoces un autor y decides leer un libro suyo. Y encuentras OTRO. Otro de esos libros. Uno de ellos. TUS libros. Tus reliquias. Y viajas. Tu mente se va. Ya no estás aquí, porque la única razón que define que estamos aquí es que nuestros pensamientos están aquí, y vemos y oímos y sentimos aquí. Pero si un libro te atrapa, cambias de mundo. Te vas muy lejos, ves otras cosas, vives vivencias ajenas, oyes lo que imaginas, sientes lo que te cuentan. El tiempo se acelera. No notas que tu cuerpo tiene hambre. No notas el cansancio.
Hasta que vuelves. Y han pasado 5 horas. Descubres que has llorado, que has "flipado", que has sentido más de lo que has sentido en mucho tiempo, y te entristeces y alegras al mismo tiempo, todo a la vez. Vives. Y descubres, más tarde, que no puedes pensar en otra cosa más que en lo que has leído.
Eso sólo te lo puede regalar un libro. Eso sólo se consigue buscando. Leer es entrenar. Es nutrir. Es madurar. Es seleccionar. No hay libros malos o buenos. No de forma objetiva. Hay libros que te pertenecen o no. Que te atrapan o no.
Ay, pero cuando uno te atrapa, qué maravilloso. Y qué triste leer la última página y desear no haberlo leído nunca para poder descubrirlo de nuevo.
De verdad, leed.
domingo, 6 de enero de 2013
¡Hala! ¡Yo tenía un blog y ni me acordaba!
Pues el caso es que se me ocurren bastantes cosas que decir, pero me parece que escribirlo todo en estados del facebook es un poquito pesado :p
Esta entrada es para hablar sobre los propósitos de Año Nuevo. No estoy muy de acuerdo con ellos, básicamente porque suelen no cumplirse y terminan decepcionando más que otra cosa. Vaya, que utilidad cero.
Pero he estado pensando bastante sobre las cosas que me gustaría que cambiaran o que podría hacer este año (cosas lógicas y alcanzables), y me he dado cuenta de que a eso se le podría llamar "propósito". No os engañéis, no voy a poner "estudiar más", "hacer ejercicio" o "ayudar más en casa". Sé que no voy a hacer ninguna de esas cosas por el hecho de que sean propósitos de Año Nuevo. De hecho, creo incluso que precisamente por esa razón hay más probabilidades de que no lo haga (aumenta la presión, los pensamientos de "tienes que hacerlo, tienes que hacerlo" y la mayoría de las veces se produce el efecto rebote). Pero sí hay otras "tonterías" (que para mí no lo son) que no quiero retrasar más. Allá van mis "propósitos" de Año Nuevo:
- Imprimir fotos. La mayoría se pierden en los abismos de las redes sociales, y es peor aún cuando una red social muere y cambias a otra (ejemplo: tuenti). Por supuesto que no voy a imprimirlas todas, pero sí que voy a hacer una selección, y tengo muchos años atrás cuyas imágenes sólo están en internet, en mi pc o en un disco duro externo. No aportará mucho, pero tengo una hucha donde meto muchas moneditas rojas y, cuando se llene, el dinero irá destinado a imprimir fotos :) (También hay algún euro que otro para llevarme una alegría cuando abra la hucha jijiji)
- Dibujar más. Y para no decepcionarme a mí misma no añadiré ni cantidad de dibujos ni frecuencia. Pero, dibuje lo que dibuje, siempre será más que el año pasado, que sólo dibujé una vez, y en Noche Vieja xD. Fue entonces (hace seis días) cuando descubrí que puedo hacer dibujos buenos en unas cuantas horas sólamente, y me parece que es un buen método de entretenimiento.
- Leer. Leer, leer y leer. Pero vaya, eso ya lo llevo haciendo desde hace tiempo.
Y eso es todo, ¿véis? Dejaos de listas imposibles. Sólo sirven para haceros sentir inútiles porque la pura y asquerosa verdad es que no las cumpliréis. Id a lo fácil y a lo real :)
P.D: se me olvidaba. Alguna locura al año tiene que caer :) Si no, la vida es un aburrimiento.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Palabras
- Eres tan dulce. Intentas hacerme reír.
+ Sí. No
volverá a ocurrir.
- Y estás sonriendo.
+ No, no. Sólo sonrío en
privado... cuando nadie mira
Lost in Austen.
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